Esta semana, en el marco del 26.º aniversario de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se desarrolla la semana Mujeres, Paz y Seguridad, en la que ONU Mujeres y la Unesco ratificaron la urgencia de materializar los compromisos internacionales que permitan garantizar la participación, protección y liderazgo de las mujeres en la construcción de paz.
Este martes 27 de octubre tuve el honor de intervenir en una de las sesiones, junto a la nobel de paz María Ressa y dos colegas periodistas de Somalia y Afganistán. Estas fueron mis palabras:
Soy una periodista colombiana que el 25 de mayo del año 2000 afrontó secuestro, tortura física y psicológica y violencia sexual. Todo esto por ejercer mi trabajo, denunciando las redes de corrupción y crimen organizado.
Ser periodista y ser sobreviviente es una responsabilidad inmensa. La sociedad confía en que una prensa libre y responsable la pueda guiar en cómo entender este mundo que cada vez está más polarizado. Por eso, cuando fui consciente de que algo había muerto en mí, pero en realidad estaba viva, asumí esa responsabilidad.
Por eso acepté hace 10 años hacer parte del proceso de paz de mi país. Hace exactamente una década se firmó un acuerdo entre la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y el Gobierno colombiano.
Más de 15.000 hombres y mujeres dejaron las armas y la guerra y regresaron a la vida civil. Pero eso no ha sido suficiente. La amenaza criminal en Colombia continúa, y las mujeres que comunicamos, las periodistas, seguimos en riesgo.
Es importante entender que los riesgos que enfrentan las periodistas no se remiten solo a la intimidación física. La violencia digital también destruye.
Esos son los retos que enfrenta un país como el mío, y los retos que tenemos las periodistas en cualquier lugar de América, en Ucrania, el Congo, en la Franja de Gaza o cualquier otro lugar del mundo. Pero hay algo que hace la diferencia: nuestras voces a través de la radio, de las redes sociales, de la prensa escrita o la televisión siguen cambiando la realidad de millones de personas.
Y esa es la recomendación y la reflexión que hoy quiero dejarles aquí. Nuestro trabajo sí transforma vidas. Sí salva vidas. Yo hoy sigo amenazada y hago mi trabajo custodiada por guardaespaldas y en un carro blindado, pero si me hubiera autocensurado, otras miles como yo, víctimas, no hubieran tenido posibilidad de denunciar, contar sus historias y buscar justicia.
Por eso es importante entender que los riesgos que enfrentan las periodistas no se remiten solo a la intimidación física. La violencia digital también destruye y ha puesto en jaque el derecho fundamental a ser informado.
Estamos hablando no solo de las amenazas de la eliminación física; la persecución judicial y el borrado de la dignidad de la mujeres, cuando se las somete al escarnio público para atacarlas, por su condición propia de mujer, son unas de las mayores amenazas contra la libertad de expresión y la libertad de prensa hoy en el mundo.
Así mismo, la falta de compromiso de los Estados y de los gobiernos, que no logran entender, o no les interesa entender, que la violencia contra las mujeres periodistas es diferenciada por su condición de género, como lo han recalcado en sus informes la Unesco y tribunales internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, alienta aún más la impunidad.
Y hay que sumar algo de lo que nos negamos a hablar: el acoso y la violencia sexual que enfrentan las periodistas en sus propios entornos laborales. En sus redacciones. Por eso es necesario rodearlas y crear herramientas que les den seguridad. En el 2020, en plena pandemia, tuve la fortuna de recibir el Premio Mundial de Libertad de Prensa de la Unesco. Desde ese día empecé a trabajar en un protocolo que permita darles garantías a las mujeres periodistas en sus lugares de trabajo. De la mano de ONU Mujeres y la Unesco, sé que será una realidad.